Hola.
Estoy aquí. Sábado. Cuando se supone que no debería estar aquí. Pero estoy. Y estoy pensando en ti.
Te llamé, pero como siempre, como cada sábado (no sé porqué los sábados), tu teléfono apagado. Sábado, día de doble vida.
Quería que estuvieras conmigo. Sentir esa rara sensación de tenerte a mi lado, extraña mezcla de amor e incertidumbre. Sentir tu calor a mi lado. Sentir tus huesitos de la pelvis. Sentir el sabor indescriptible de tu lengua. El calor inenarrable de tenerte en mi cama. Pero no contestaste. La rutina sabatina impidió que nos encontráramos, que nos besáramos, que nos cogiéramos, que nos uniéramos en uno solo, solidificados, fundidos en un solo cuerpo, aunque con diferente alma.
Te quiero, no puedo evitar sentirlo. No quiero evitar sentirlo.
Y si mañana no estás, y si mañana te esfumas, y si mañana me faltas, sobreviviré sin duda, pero sobreviviré con una sensación de pérdida indescriptible. Sobreviviré sólo para no hacerle falta a mi cuerpo, para no hacerle falta a mi alma. Sobreviviré por sobrevivir. No sobreviviré por tener ganas de vivir.
Estás ya inscrita en mi ayer. No sé que precio tengo que pagar por dejarte entrar en la aburrida historia de mi vida, pero necesito saber que sabes lo que siento. Lloro. Estoy llorando. Y lloro porque ayer estuviste conmigo, porque ayer te tuve, porque ayer nadie mas te tuvo. Solo yo. Inmensa alegría. Fuiste por algunas horas mía y de nadie más. De nadie más. Estoy llorando por haberte gozado, por haberte abrazado. Por haber sentido el calor de tu aliento en el ínfimo instante anterior a besarte. Por tus labios tibios. Por tu pelo oscuro. Por tus piernas largas. Por tus caricias pecaminosas. Por todo eso lloro y te pienso una y otra vez, recurriendo a ésa vieja frase de ésa vieja canción: "pensando en tí, consigo que tu también pienses en mí..."
María... la soledad es un lugar tan vacío sin ti...
... hoy hace tres años.
Estoy aquí. Sábado. Cuando se supone que no debería estar aquí. Pero estoy. Y estoy pensando en ti.
Te llamé, pero como siempre, como cada sábado (no sé porqué los sábados), tu teléfono apagado. Sábado, día de doble vida.
Quería que estuvieras conmigo. Sentir esa rara sensación de tenerte a mi lado, extraña mezcla de amor e incertidumbre. Sentir tu calor a mi lado. Sentir tus huesitos de la pelvis. Sentir el sabor indescriptible de tu lengua. El calor inenarrable de tenerte en mi cama. Pero no contestaste. La rutina sabatina impidió que nos encontráramos, que nos besáramos, que nos cogiéramos, que nos uniéramos en uno solo, solidificados, fundidos en un solo cuerpo, aunque con diferente alma.
Te quiero, no puedo evitar sentirlo. No quiero evitar sentirlo.
Y si mañana no estás, y si mañana te esfumas, y si mañana me faltas, sobreviviré sin duda, pero sobreviviré con una sensación de pérdida indescriptible. Sobreviviré sólo para no hacerle falta a mi cuerpo, para no hacerle falta a mi alma. Sobreviviré por sobrevivir. No sobreviviré por tener ganas de vivir.
Estás ya inscrita en mi ayer. No sé que precio tengo que pagar por dejarte entrar en la aburrida historia de mi vida, pero necesito saber que sabes lo que siento. Lloro. Estoy llorando. Y lloro porque ayer estuviste conmigo, porque ayer te tuve, porque ayer nadie mas te tuvo. Solo yo. Inmensa alegría. Fuiste por algunas horas mía y de nadie más. De nadie más. Estoy llorando por haberte gozado, por haberte abrazado. Por haber sentido el calor de tu aliento en el ínfimo instante anterior a besarte. Por tus labios tibios. Por tu pelo oscuro. Por tus piernas largas. Por tus caricias pecaminosas. Por todo eso lloro y te pienso una y otra vez, recurriendo a ésa vieja frase de ésa vieja canción: "pensando en tí, consigo que tu también pienses en mí..."
María... la soledad es un lugar tan vacío sin ti...
... hoy hace tres años.

No hay comentarios:
Publicar un comentario