
Casi siempre que meto a lavar mi ropa en la lavadora, inevitablemente y sin que me dé cuenta, entro en un trance que tal vez dure 1 minuto o 5... o quizá sólo segundos. Comienza el sonido del motor haciendo girar esas pequeñas aspas y te va taladrando poco a poco los oídos, de manera dulce e imperceptible, asentándose en lo más profundo de tus sentidos.
He pensado en lo cagado que he de verme mirando hacia adentro de la tina, con la mirada perdida, como idiota. Cabría ahí perfectamente una escena muy a la Hitchcock, en la que una bella espía vestida con piel negra y una capucha llega por la espalda para apuñalarme, no sin antes hacerme el amor brutalmente (bueno, lo último es de mi cosecha y no estaría nada mal antes de morir de esa manera, subordordinado ante ese enigmático personaje). Es simplemente hipnótico ver como las aspas rotan y se llevan a donde ellas quieren a los pantalones, las playeras, los calzones, las sudaderas, las calcetas... Es como una analogía de la vida: te da unas revolcadas sabrosas, y a veces estás arriba, y a veces abajo, muchas otras en la superficie y otras casi ahogado. Pero después de ese rudo zarandeo siempre renaces como el ave fénix... lo que no te mata te fortalece, dicen por ahí. En ese sentido se parece al sexo también. Unas veces abajo, otras arriba... Un vaivén interminable de roces y grotescas caricias. Carajo. Bella espía, ¡¡¡ya lárgate de este texto!!!... Ya, parece que ya se fué.
Regresando a lo de la lavadora, he visto también a mi papá perderse en sus aguas y en su espuma de grato olor. A mi hermano también. ¿Que pensarán ellos?. Gran misterio. Quizá no se den cuenta de cuánto les gusta ver a la ropa sucia limpiarse y perderse entre las aspas. Cada quién crea su propio mundo y sin duda, mi padre y hermano ponen a remojar cada uno sus propias esquizofrenias y miedos y rencores y vivencias y angustias y tristezas, para luego, con suerte, sacarlas oliendo rico. Más limpias, pero también más gastadas.
En cierto sentido el quedarte como zombie mirando todo ese numerito es molesto, porque te quita mucho tiempo que puedes ocupar haciendo otras cosas, pero como ya dije, ese extraño trance llega sin que te des cuenta, sigiloso, de puntitas, y se instala en tu cerebro, se adueña de tu vista y la pierde. Te das cuenta de lo embobado ke estuviste cuando un inexistente chasquido de dedos te despierta, cual hábil hipnotizador, y ya sólo te queda esbozar un "¡NO MAMES, QUÉ LOCO!" y subir a tender esa ropa ahora limpia, a la cual viste en ese estrepitoso y espumoso slam acuático...

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