
Él no sabía que al entrar en esa tienda, la vida le abriría un camino tan agridulce como sólo la vida sabe hacerlo. ¡Esta vida hace lo que quiere de nosotros!. Entró, la vió y quedó enganchado de su cabello castaño ondulado, su piel morena y su sonrisa franca, abierta, amistosa. Dientes bonitos. Wow!
- Buscas algo en especial? -preguntó ella-
- No, gracias. Sólo estoy viendo -respondió él con una voz medio cortada a causa de la saliva que nerviosamente había tragado al percatarse que ella le iba a ofrecer su atención-
Se hizo menso un rato viendo aparadores. Cosas que ni le interesaban. La cosa era quedarse a ver más tiempo a esa chica rara-bonita que había llamado su atención. Hasta a su amigo Serch le gustó. Saltaba la vista de aparador en aparador, haciendo, hábilmente, una pausa mayor en aquella vitrina que estuviera más próxima a la chica. Ahí escaneaba su cuerpo. Bonito trasero. Ni grande, ni chico, ni voluptuoso... justo. Hasta que se animó a usar el viejo artilugio de preguntar por algo que no tenían en aparadores y que, por lógica, no tenían en la tienda en ese instante. Así podría dejar su número para que le llamaran en cuanto consiguieran el artefacto y/o conseguir el teléfono de la tienda en una tarjetita, con el nombre de la chica en el espacio donde dice "Le atendió ________". Funcionó. Ya lo había usado muchas veces y siempre funcionaba. La chica le extendió la tarjeta con su nombre escrito. Nayeli.
- Será la primera Nayeli en mi lista -dijo con aires de Don Juan y en broma-. Se cagó de la risa con Serch y así, riendo, se pasaron la calle para comer de los tacos al pastor que tanto les gustaban.
Marcó a la tienda, tiempo después, preguntando por el artefacto que había solicitado, pero pidió hablar con Nayeli. Lo comunicaron con ella. Casi suelta una carcajada de alegría al escuchar que ella lo recordaba perfectamente. Ella se disculpó por no tener aún lo solicitado y prometió llamar tan pronto lo tuvieran en existencia. A los pocos días le marcó y él sintió una emoción enorme al saber que pronto iría a la tienda para comprar su anhelado "juguetito"... y verla otra vez. Mientras hacían notas y lo empacaban, él le pregunto si podían salir alguna vez. De nuevo quiso gritar emocionado cuando ella dijo "¿porqué no?". Se enteró también que vivían extremadamente cerca el uno del otro. ¿¡Neta!?. ¿Los planetas se estaban alineando?. Todo iba tan bien y tan fácil. Increíble.
Salieron un par de veces. Nayeli le gustaba más y más. Era una chica sin duda dulce y un poco misteriosa. Sumamente abierta y con buen tema de conversación. Inteligente. ¿Qué más podría pedir?. Un beso no estaría mal. Pero prefirió esperar más tiempo para estar plenamente seguro de querer abandonar las "vacaciones sentimentales" en las que se envolvió después de la traumática experiencia de su último noviazgo: años habían pasado desde que dejara por última vez retozar libremente a su corazón en la putrefacta atmósfera citadina. Muy hondo había quedado marcada la huella que le dejó Amanda. Esa mujer que le pagó tan mal, como dicen las rancheras. Le hizo desear no enamorarse nunca más. ¿Para qué?. Entregas una bolsa con diamantes y te devuelven una bolsa llena de mierda. "El amor es un mal negocio para mí" pensó en aquel entonces. Por eso era tan importante para él tomar una buena decisión con respecto a Nayeli. Porque, aparte de todo, no la quería como faje, ni para un rato y ya. Le parecía candidata formal para entrarle de nuevo al azaroso juego del amor. Así que debía de estar totalmente seguro de los pasos a seguir, para bien de su golpeada autoestima.
Él la invitó a presenciar una función de la compañía de teatro a la que pertenecía. Se sentía observado por Nayeli, y eso le gustaba. En lugar de medrar en su rendimiento en el escenario, lo impulsó a hacerlo todo bien. Así pasaron unos meses. Él llegó a una decisión: "Quiero que Nayeli sea mi novia".
Un día al enterarse que la compañía tenía una función muy especial trazó un plan: "la invitaré, la impresionaré con la mejor de mis actuaciones, y después de eso le diré que me encanta y que quiero todo con ella... no podrá negarse". De acuerdo a su instinto y a la forma en que Nayeli lo trataba, él estaba seguro de que el sentimiento era mutuo y que crecía en los dos más y más al pasar el tiempo. No podía fallar. Después de todo, no había esperado cuatro años para aventarse como idiota a tener una relación formal y perder.
Llegó el día de la función. Marcó a casa de Nayeli. Contestó ella. Se escuchaba rara, nostálgica, triste. Muy distinto a la voz alegre y jovial que conocía. De esas voces que, al escucharlas a través del teléfono, sabes que están sonriendo al hablar.
- ¿Que te pasa? te oyes rara...
- Pues la verdad ando un poco sacada de onda, algo triste... bah! tonterías, no me hagas caso. Y tú ¿cómo estás?
- Bien, pero la verdad me interesa saber como estás tu, o porqué estás así. Nunca te había escuchado tan rara. Es como si hablara con otra persona.
- Pues estoy ahí, más o menos. La verdad ni ganas tengo de levantarme, aunque para ser Sábado ya debería estar arriba, haciendo mis cosas. No te preocupes. Luego, cuando nos veamos, te cuento todo.
En ese momento, él encontró otra oportunidad inmejorable para garantizar el éxito de su plan: la invitaría a la función, después la escucharía con toda atención, sin quitar los ojos de sus ojos, para que ella le cuente todo, se desahogue, llore, en fin, que haga todo lo que quiera, y de paso (algún beneficio debería de obtener) ganar unos cuantos puntos extras por ser tan comprensivo y tan buen escucha -el sentir que alguien pone toda su antención para escuchar nuestros pedos, nos agrada a todos-. ¡Plan perfecto!. Terminaría el día estrenando novia. Ella, pese a su malestar emocional, aceptó ir. Pensó que sería buena táctica ir a divertirse un poco, olvidarse de sus broncas.
Se vieron. Ella traía gafas oscuras. Ocultaba sus hinchados ojos de tanto llorar. Él gentilmente la abrazó y le dijo tiernamente: "Te quiero mucho y no me gusta verte así" le besó la frente. "Al ratito me cuentas lo que te sucede". Ese "al ratito" llegó. Se sentaron frente a frente. Faltaban 20 minutos para comenzar la función. Tiempo suficiente.
- A ver, ahora sí, cuéntamelo todo. Te quiero como pocos y quiero ayudarte, ser parte de la solución a lo que te sucede -le dijo, tomándola tiernamente de la mano izquierda y pensando que se estaba adjudicando un punto extra-
- Bueno, pues es que la bronca está en mi chamba. Es algo que nunca me había sucedido y la verdad no sé como lidiar con eso -dijo Nayeli mientras se quitaba las gafas-
- Pues cuenta así como te salga, sácalo rápido, no le des más vueltas. El platicarlo te hará bien. -otro punto extra-
- OK, te lo contaré porque también te quiero mucho. No sé cómo le has hecho, pero has entrado tan rápido en mi vida, como pocas personas, y eres un pilar sumamente confiable para mí en esta etapa de mi vida -¡¡mil puntos extras!!-
- Ya, cuéntamelo Nayeli... Porque aparte -había que aventarse ya- también tengo que decirte algo muy importante cuando termines de contarme lo tuyo.
-Bueno. Pues resulta que... -10 segundos de incómodo silencio- estoy totalmente enamorada de un wey de mi trabajo y me siento tan mal porque me dí cuenta de que sólo me utilizó. Creí que esa noche mágica que nos dijimos que nos gustábamos, estábamos realmente haciendo el amor en su coche, y ahora me doy cuenta que sólo me cogió, fui otra aventura sexual para él, otra más en la lista... y aún así, no puedo sacarlo de mi mente. Imaginate que blablabla... blabla...
El la siguió viendo directo a los ojos, sin siquiera parpadear. Como si la estuviera escuchando, pero sin escucharla. Lo que sí escuchó clarito, fué como toda su bolsa de puntos a favor se vaciaba a través de un agujerito, y los pinches puntitos rebotaban en el piso cual canicas, y se iban derechito al drenaje, junto con la caca y la pipí y la mugre y las ratas muertas. Y junto con su corazón también. Confió ciegamente en su "instinto", el cual le jugó una broma bien pesada. Se dió cuenta de que no era tan hábil para leer las formas y los tratos que le brindaba Nayeli. Se sintió seguro de liberar de nuevo a su corazoncillo para que entrara a divertirse gratis en el parque de diversiones llamado AMOR. Pero al pobre le cobraron y no lo dejaron pasar gratis...
Nayeli habló otros 7, 10, quizá 15 minutos. El seguía sintiendo cómo alguna extraña clase de ácido le quemaba dentro del pecho. Y no era gastritis. Se dió cuenta de que ella había terminado de platicar todo cuando vió dibujada en su cara una gran sonrisa. Sólo así pudo poner atención a sus últimas palabras: "Gracias por escucharme. Me siento mejor" Rogó al sol que no se acordara de preguntarle que era lo que él tenía que decirle. Pinche sol no oyó los rezos.
- ¿Qué era lo que ibas a decirme?
- ¡Puta madre! -pensó él-. ¿Y ahora con que le salgo?
- La verdad estuvo tan denso lo que me contaste Nayeli, que olvidé lo que tenía que decirte. Además tengo sólo cuatro minutos para prepararme para el inicio de la función. Mejor ve a ocupar tu butaca y a ver si terminando la obra me acuerdo, ¿va?.
Lo bueno para él fué que ya nunca se acordó de preguntarle que cosa era lo que le iba a decir. Que era raramente bella e inteligente. Que su sonrisa lo volvía loco. Que con sólo verla se le iluminaba el mundo. Que quería que lo acompañara a su lado por mucho, mucho tiempo. Ya nunca se lo dijo.
La actuación de él, esa noche, fue un asco. Cagada tras cagada. Una manera errática de decir sus parlamentos, una grosera falta de dominio del escenario. No podía ser de otra manera.
Por la noche salieron del teatro, la fué a dejar a su casa y en el trayecto hacia la suya pensó: "Del plato a la boca, a veces se cae la sopa". Inmediatamente reviró. Se dió cuenta que la sabiduría de ese conocido refrán mexicano no aplicaba para su caso, simple y sencillamente porque el plato nunca estuvo cerca de su boca, solamente fué su imaginación. Entonces cambió de frase y pensó: "Perdí otra vez". Sin duda, esa frase aplicaba perfectamente.

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